Jubilaciones y Pensiones en Argentina

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La crisis de la UE deriva de su envejecimiento

Una “generación egoísta” quebró las transferencias de ingresos de un trabajador en actividad a otro en retiro.

Por: Ricardo Arriazu – Economista

El término euroesclerosis fue muy utilizado a principios de la década de 1980 para describir la decadencia relativa de Europa en relación a los EE.UU., Japón y los tigres asiáticos, originada en una falta de innovación económica y en una estructura económica muy rígida. Nunca imaginaron los difusores de este concepto que el mismo serviría tres décadas más tarde para describir los efectos económicos del gradual envejecimiento de la población europea, que explican en gran medida su actual crisis económica.

Todo sistema de seguridad social está basado en el apoyo de los que trabajan a los que no pueden hacerlo, ya sea por su edad, por enfermedad o incapacidad, o por que no consiguen un trabajo. La aparición de una “generación egoísta”, que priorizó su gozo individual, que prefirió no tener hijos y que creyó estar protegiendo su futuro en base a “supuestos” ahorros, no sólo debilitó instituciones básicas como la familia sino que ignoró el principio básico de este mecanismo de transferencia de poder de compra.

¿Quién va a financiar mis gastos futuros si no existen trabajadores que puedan hacerlo? ¿A quién le prestaron sus ahorros? ¿A gobiernos que se los gastaron y no tienen capacidad para poner más impuestos? ¿A otras personas, también ancianas, que no tendrán ingresos para devolverlos? ¿A otros países, con poblaciones más jóvenes, pero que los utilizaron irresponsablemente? ¿Por qué los gobiernos no se dieron cuenta de esta tendencia? Porque estaban demasiados ocupados gastando los recursos que recibían de los contribuyentes. ¿Y los políticos? Porque su visión tiende a concentrarse en el corto plazo. ¿Hubo voces de advertencia? Muchas, pero fueron ignoradas calificándolas de alarmistas. Las serias deficiencias de la contabilidad pública también contribuyeron a ocultar esta dinámica.

Cuando realizamos nuestro aporte a un sistema de seguridad social lo hacemos confiados en que, en el futuro, recibiremos como contrapartida un flujo de ingresos (una jubilación). De hecho estamos comprando un “bono”, pero los registros públicos contabilizan estas contribuciones como “ingresos corrientes” e ignoran totalmente la “deuda” que se genera como contrapartida.

Cuando la población es joven, los aportes superan ampliamente a los pagos de jubilaciones, los gobiernos anuncian contentos que tienen un “superávit” fiscal y hacen planes para gastarlos, mientras que las “deudas no registradas” son siempre ignoradas. Cuando la población envejece los ingresos se estancan o caen, los pagos de jubilaciones crecen, las cuentas públicas de desbalancean y el gobierno debe recurrir al endeudamiento “registrado” para cumplir con sus promesas. En realidad, lo que está pasando es que la “deuda no registrada” se está transformando gradualmente en registrada.

A modo de ejemplo basta mencionar que en el caso particular de Grecia las transferencias sociales (en su mayoría, pagos de jubilaciones) se incrementaron en forma sostenida durante los últimos años y en la actualidad exceden el 20% del PIB (lo que representa el 50% de los gastos fiscales primarios de ese país), mientras que los aportes al sistema permanecen estancados y sólo representan el 13,6% del PIB. La deuda registrada se elevó al 130% del PIB y la deuda “no registrada” al 450%. Esta situación se agravará sensiblemente en Grecia en el futuro puesto que la población en edad de trabajar comenzará a disminuir este año, y la población total lo haría en el año 2017. Diversas estimaciones muestran que, de no reformarse el sistema, el desequilibrio en el sistema de seguridad social se incrementaría en casi 17% del PIB en las próximas décadas, no contando este país con los recursos económicos para financiar estos desequilibrios.

A pesar de esta evidencia, Grecia se negó sistemáticamente a reconocer los efectos económicos negativos del envejecimiento. Hasta hace poco existían 133 cajas de jubilaciones y la edad jubilatoria promedio era de sólo 57 años. La reciente propuesta de elevar la edad de retiro (solución inevitable y aprobada por el Parlamente) generó airadas protestas de la población. Esta situación es común a todos los países europeos, pero pocos tomaron medidas para atenuar sus efectos (Noruega, Dinamarca, Alemania). La población en Europa (incluyendo Europa del Este y Rusia) en 1950 era de 547 millones de personas, con una edad promedio de 29,7 años y una expectativa de vida de 65 años. De ese total 292 millones estaban en edad de trabajar y superaban en 4,4 veces a los mayores de 60 años (66 millones).

La situación en 2010 es totalmente distinta. La población se incrementó a 738 millones (una tasa de crecimiento de sólo 0,5% por año), con un incremento de la edad media a 40,2 años y en la expectativa de vida 76,1 años. La cantidad de personas en edad de trabajar se incrementó a 422 millones (45%), pero la de personas en edad de retiro se incrementó a 161 millones (143%), por lo que la relación entre ambos grupos se redujo a casi la mitad (2,61 veces).

Las proyecciones para las próximas décadas muestran la gravedad de la situación. Se estima que para el 2050 la población total europea se reducirá a 691 millones de personas, que la cantidad de personas entre 20 y 69 años se reducirá a 317 millones (una caída del 25%) y que la cantidad de personas mayores de 60 años se elevará a 236 millones (una suba del 47%), por lo que la relación entre estos dos últimos grupos se reducirá a sólo 1,34. Los efectos económicos, financieros y fiscales de estas tendencias son dramáticos y ya se hicieron explícitos en el caso griego.

Europa (y otros países) deben entender los graves efectos económicos del envejecimiento y tomar medidas oportunas para atenuarlos. Ya han perdido mucho tiempo, pero todavía pueden evitar los efectos más graves. La actual crisis es bienvenida si es que los hace recapacitar.

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